"Desde siempre, ellos han querido hacernos creer que Dédalo, el constructor, fue el primer arquitecto -y que su obra, el Laberinto, fue la primera arquitectura.
Dédalo: el buen profesional, eficaz y sobrio, que no hace preguntas sino que da respuestas, el artífice indispensable en toda sociedad bien ordenada, desde la Cnosos de Minos a la Barcelona de Porcioles y Maragall.
Nos mentían.
Nunca pudo ser Dédalo el primer arquitecto, porque su laberinto no era arquitectura.
para funcionar, para engañar al incauto, aquella fábrica prodigiosa, aquella implacable máquina de desorientar debía perder su apariencia, desvanecer, renunciar a dejarse reconocer, debía no tener forma.
¿Y quién es capaz de "arquitectura" a lo que no tiene forma?
Porque la muralla puede decir "soy impenetrable". La puerta, "soy sólida y angosta" o, por el contrario, "te esperaba, bienvenido". Pero el laberinto no puede decir nada. Ni siquiera advierte al visitante que está a punto de penetrar en algún sitio específico. Sólo al rato de estar en él se le ocurre al incauto que no sabe muy bien dónde se ha metido. Ahí no hay trayecto, ni dirección, no hay adentrarse o estar saliendo. Ni siquiera volver a pasar por el mismo sitio llega a reconocerse como repetición, y tampoco puede medirse así el tamaño, el ritmo del lugar. Todo es una indifinible vaguedad, que acompaña los pasos, siempre iguales, del desorientado.
En tal continuidad no hay arquitectura.
¿Cuándo aparece la arquitectura?
Cuando, entre tanta indiferencia, se distingue una forma. Cuando, en el laberinto, se fija una dirección, un trayecto: cuando Ariadna tiende el cordel con el que se señalará el camino. Es entonces cuando cada cosa pasa a tener nombre y posición: tú eres la entrada y tú el camino, tú la trampa y tú la salida, tú el centro y tú la orilla. Nombre, es decir, identidad propia, diferencia, relaciones mutuas, forma.
Es Ariadna, y no Dédalo, el primer arquitecto.
El arquitecto no es quien construye, sino quien identifica la forma. La arquitectura aparece con el mismo questo que dota de sentido al edificio, que lo interpreta. La forma es el resultado de la interpretación o, mejor, existe en ella -no previa a ella, sino como su simultánea condiición y ressultado, como su otro nombre.
Forma e interpretación son sinónimos, y hay un tercer término también equivalente: arquitectura."
Josep Quetglas, La primera arquitectura
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